Cuento y recuento de sorianos desperdigados...
                   

En la solapa de mi libro PASEO DE PORTALES, publicado en el año 2000, puede leerse que el protagonista de la novela, Saturio Moreno, regresaba a Soria tras un absoluto alejamiento producido desde el 1967, año en el que en aquella capital se produjo la “estafa del Agromán”. Al igual que al protagonista, quien escribe y firma, había partido en aquel año hacia Madrid por motivos más clásicos y prosaicos, y salvo alguna corta parada, con motivo de viajes y tránsitos obligados, para comprar mantequilla o unas vueltas de chorizo, la verdad es que me había  pasado casi treinta y tres años totalmente desconectado de mi tierra originaria. 

                  Fue, por tanto, mi tardío reencuentro con la literatura, el que me llevó a  esa búsqueda de la fuente de la edad de la ensoñación y en la tarea y en el retorno recuperé sensaciones, colores y horizontes que dormían en el sopor de los recuerdos. Después de treinta y tres años de distancia y de vorágine personal y profesional, así como muchos periplos por tierras lejanas, me había conformado y reconciliado con mi paisaje, que por cierto apenas había variado, salvo que habían quitado el monumento al general Yagüe y que mis antiguos compañeros del colegio habían asumido los rasgos físicos de sus padres a quienes recordaba tras el mostrador del bar, de la droguería o del puesto administrativo, que en Soria también éste se puede heredar.

                   El caso es que, llevado por el citado objetivo de buscar inspiraciones, datos y  otros testimonios para perfilar mi relato y argumento, me encontré otra vez con mi Soria y con los sorianos. Nunca pensé que el afán pudiese tener mayor trascendencia ni implicación, ya que mi elección de un tema soriano solo representaba para mí una nueva excursión literaria, en la que una de las exigencias del guión consistía en revivir pasadas sensaciones de mi biografía para dar consistencia y verosimilitud a la trama, con la seguridad  de que concluido el asunto, publicado mi cuarto libro, carretera y manta, y nuevo proyecto al canto, que algunos no sabemos estarnos quietos.

                    Presenté  PASEO DE PORTALES en el lugar adecuado y con los invitados precisos, como era la Casa de Soria en Madrid. A la cita, vinieron los amigos, se habló con sentimiento de Soria, y otros pusieron su punto crítico, y dimos cuenta del buen embutido de la tierra y de los  vinos de la comarca de Gormaz. Después, se  vendió  bien el libro a tenor de las expectativas de público previsiblemente interesado en costumbrismos locales, recibí abundante correspondencia así como los estímulos de gentes a las que había gustado, me divertí ante torpes provocaciones de algún bachiller con pretensiones intelectuales,  y lo decisivo resultó, que como consecuencia de todas las novedades, o tal vez por la circunstancia de entrar en una edad cronológica en la que surgen melancolías y otros apegos a ese paraíso perdido que es la infancia, percibí cierta llamada de mi tierra y muchas sintonías y coincidencias con buenos sorianos tanto de los afincados como de los desperdigados. Hoy, dos años después, ya me he puesto al tanto de lo que en Soria se cuece y quienes son los que por allá mandan y pintan y además estoy arreglando una casa en el lugar en el que moraron mis abuelos, por allá por los Altos de Baraona.

                   Y  he de confesar que ése mi reciente retorno a la provincia me llevó a descubrir pueblos desconocidos y a recorrer nuevas rutas por perdidas geografías provinciales, buscando paisajes e historias que me trajeron nuevos argumentos literarios, en cuya elaboración y desarrollo sigo enganchado. La reencontrada vinculación  a las cosas de Soria y a sus gentes  me ha llevado a toparme con  coterráneos  de todo registro y perfil y con unas vidas ricas en episodios con sus grandes y pequeños triunfos, más siempre con la consecuencia del esfuerzo y de la tenacidad. Uno, entre las anécdotas y chascarrillos de los que aguantan allí los fríos y los veraneantes,  ha percibido también la existencia de una cierta incomunicación e incomprensión ( que el que se fue a Sevilla, perdió su silla) entre la Soria que se quedó, la que compone esos poco más de noventa mil habitantes de la estadística y la otra Soria, la  de la  desbandada , a pesar de que éstos últimos, cuyo número supera a los del censo oficial, hayan arreglado el tejado de la casa familiar y paguen la contribución, además de no faltar su regreso con el buen tiempo como vencejos y golondrinas.

                   De mis conversaciones con sorianos de la diáspora concluí sobre lo conveniente de compendiar tanta riqueza de experiencias- empeño del que existe algún precedente realizado en un ámbito más restringido-,  con la seguridad de lo positivo que puede suponer el aporte de la certificación de avatares y esfuerzos de esos sorianos que tuvieron que emigrar a otras ciudades donde prosiguieron sus  trabajos y sus días, aunque  de una u otra forma no cesaron en su arraigado apego por Soria, muchas veces acompañado de cierta crítica sobre la realidad de un entorno de angostura mental  del que no hubo más alternativa que escapar.

                   Empecé a elaborar mi lista de sorianos ausentes que me interesaban, y sin contar a aquellos  que nunca se han ido del todo, ni los que se sientan los domingos en la tribuna del estadio de los Pajaritos para seguir las evoluciones futbolísticas del Numancia- con puro o sin puro-, y enseguida me salieron unos cincuenta, entre los que había cargos políticos ejercientes en otros lares, notarios, pastores trashumantes, magistrados, ex futbolistas y ex toreros, catedráticos, investigadores, periodistas, procuradoras de los tribunales, jubilados que hacían maquetas, mucho personal de la Enseñanza, empresarios destacados, cargos eclesiásticos, machadianos de pro, personal de Correos y Telégrafos, hosteleros de éxito, abuelos en la casa del hijo por tres meses, gentes del arte, espectáculos y variedades, un conductor del camión de la basura y un bibliotecario en Estocolmo natural de Caracena...  

                   En esos azacaneos me encontraba cuando en una conversación en la Casa de Soria en Madrid, salió a colación la conveniencia de reeditar un suplemento que recogiese la vida en las Casas Regionales en cuyo intento mostré mi disponibilidad y mi ofrecimiento de ir publicando estas entrevistas mantenidas con sorianos ausentes. Embarcado en el empeño, tengo que reconocer que he encontrado en los inicialmente llamados entre los naturales de nuestro lugar,  la mejor acogida por lo que he de atestiguar que la mención a Soria ha supuesto una contraseña mágica que me ha abierto inmediatamente la puerta de sus vivencias y recuerdos, receptividad  que he percibido en personajes sorianos tan socialmente contradictorios  como pueden ser  Pitita Ridruejo y  Marcelino Camacho, e incluso en la respuesta internaútica e inmediata de los hijos de Francisco Martín Borque, emigrante soriano que partió para Méjico y que tras una vida de esfuerzo y talento comercial fue capaz de consolidar el grupo SORIANA, corporación que aglutina una cadena de autoservicios en la que trabajan más de treinta mil personas.

                   Después de la aparición de varias de mis entrevistas, el director de ese medio, Patxi Veramendi me propuso institucionalizar la columna, a cuya solicitud respondí con mi compromiso  y esperanza de no faltar a mi cita convenida con los lectores de DIARIO DE SORIA en los fines de semana  y con la pretensión de ver algún día no muy lejano a todos mis personajes reunidos en tinta impresa y en simultáneo  ágape de presentación y confraternidad. Desde CONVERSACIONES CON LA SORIA AUSENTE  proseguiré mi cuento y recuento de sorianos desperdigados que nos relatarán su personal peripecia desde aquel día en el que salieron de Soria, además de su posterior trayectoria personal y su asentamiento en las distintas tierras de promisión en las que pudieron recalar. Y, lo que es importante, que estos sorianos ausentes puedan, desde sus conocimientos y otras pericias, apuntar ideas o perspectivas para solventar el futuro de una tierra despoblada y que, de una u otra forma, aunque nos fuimos, sigue siendo nuestra tierra.

JAVIER D.NARBAIZA