NO TAN AUSENTE

"Suenan las campanas" y "Cierre por inventario"

14/09/2007 y 26/10/2007

JAVIER NARBAIZA


Suenan las campanas en un mediodía de septiembre. En el pueblo, las campanas ya solo se tocan en tiempo de fiestas, que ahora hay dos celebraciones: la de los veraneantes en agosto, y la tradicional de la Virgen del Tremedal, que es una virgen que se apareció a un pastor manco al que luego le creció el brazo. El campo se presenta desnudo y ralo, y el punto de color lo aportan el estallido rojo de majuelos y escaramujos, mientras el girasol empieza a deslavazarse de amarillos, lo que indica que viene su tiempo de recolección.

Quien voltea las campanas lo hace desmañada y torpemente, de lo que se deduce que este año no ha venido Clemente, que siempre tuvo su arte en el repique, reminiscencia de infancia de monaguillo.

A estos festejos acuden los de siempre, y otros hijos del pueblo que llegan por sorpresa, cuando nadie los esperaba. Tal vez están con el reparto de la herencia y se acercan para hacer recuento de fincas y ruinas, o a tratar con los renteros, y entonces, quienes hemos levantado algún tejado, aprovechamos para animarlos a fin de que apañen un espacio de su pertenencia, y así rescataremos otro retazo de caserío hoy presa de matorrales y escombros. Nos presentan a hijos y a nietos, de los que crecieron en las capitales, quienes otean con extrañeza el mismo horizonte que atisbaron generaciones con su apellido y semblanza.

Se charla antes de la misa, pasando lista de presencias y computándose las bajas producidas. Alguno de los fallecidos recientes hizo constar que la ciudad a la que había emigrado conllevaba ventajas, pero una vez que dejas de respirar no hay mejor descanso que estos campos, por lo que en últimas voluntades dejaron instruidos a los familiares, que en el momento procedente, cargasen con la urna y se diesen una vuelta por el pueblo para expandir sus cenizas desde cualquier cerrillo. Una “zaragozana” esgrime que no se deben echar tales residuos en el pinar, que es tierra propicia para níscalos, ya que a ella le daría reparo comer setas con briznas de personal conocido. A la escrupulosa se le manda, con afecto, a hacer puñetas, y se le argumenta que por estos Altos el viento enseguida lo esparce todo.

Viene la procesión de la Virgen por las tres calles pavimentadas del pueblo. Nadie se atreve a coger el pendón, que hoy ya no hay costumbre de soportar mucho peso. Tras la comida y la sobremesa se van recogiendo los avíos y se deposita la basura en el contenedor. Luego, van cerrándose las casas y se colocan tableros en las puertas para preservarlas de lluvias y de vientos. Con la noche, los automóviles arrancan hacia sus destinos, y el pueblo recupera su silencio. Al año que viene, por el verano, volverá la gente y sonarán las campanas de la iglesia.

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CIERRE POR INVENTARIO

Ya iba incorporando a la rutina lo de componer mi folio en las mañanitas del jueves. Todos los jueves, a primera hora, tocaba pensar en algún asunto más o menos ligado con Soria, que uno no había decidido volver a escribir en el periódico de sus ensueños juveniles para comentar la política nacional, ni el cambio climático, ni para meterse en los debates provinciales sobre la CMA, o de esa macrocárcel que quieren construir en los aledaños a Valonsadero. Y ahí hemos estado durante una larga temporada, primero en la busca de sorianos ausentes, luego componiendo esta columna de la que les anuncio su cierre por inventario.

Poco tiene que ver este medio, tan voluminoso y múltiple de contenidos, con aquel trisemanario “Soria Hogar y Pueblo” de mis nostalgias, que se montaban mágicamente entre Fidel Carazo y el cura Isaías, además de tener que traducir nuestros manuscritos de aspirantes, plenos de emoción y con caligrafía escolar. Y lo que es el peso de la memoria, uno acaba siempre volviendo al lugar del crimen, en este caso al espacio de los sueños primitivos. De mi reencuentro con Soria han derivado cientos de columnas en las que se han colado obituarios de amigos, vivencias de urbanita en el solar de sus antepasados y otras crónicas de temas menores, que uno ya desistió de trascendencias y además vive de otro oficio.

A la par de la columna, y una vez monté en mi tierra casa y huerto, volvió el trato con mi gente, con lo que te percatas que el alma de tu Soria no ha cambiado en cuarenta años, a pesar de que el Numancia juegue en un campo de césped y de que se erijan centros comerciales en las afueras. Digo, que aunque la cantinela de patria chica a alguno no se nos entibie y sigamos publicitando las excelencias de Soria, al final el recomendado te dará la razón sobre la belleza de la laguna Negra y de los paisajes machadianos, mas luego te sueltan: “ Pues paramos en un restaurante de Molinos, que eran las ocho y media y los niños tenían hambre. Como nos dijeron que tan pronto no servían cenas, pedimos unos bocadillos, a lo que respondieron que no nos los podían preparar, ya que se quedarían sin pan...”

Pues me temo que, salvo excepciones honrosas y entusiasmos inquebrantables, Soria da lo que da y está en el pertinente lugar del ranking. Con lo que aprovecho para participarles que el cuerpo me pide descansar de la columna y de mis fijaciones sorianas.

Seguiré yendo y viniendo con frecuencia a Pinilla del Olmo, a pesar del cabreo de mi hija adolescente, en busca de la necesaria ración de aire y de silencio, y el día que tenga noticia original e inspiración, o se inaugure la autovía Medinaceli- Soria, tal vez les cuente mis sensaciones. Hoy les digo simplemente ¡Hasta luego!







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