Memoria sentimental de las Universidades Laborales.


Lo pone en la placa que  preside la entrada de lo que fue la Universidad Laboral de Zamora, y para cuantos tengan dificultades con los números romanos aclaramos que la fecha de la inauguración data del año 1953, por lo que en este  2003 se cumplen los cincuenta años desde su fundación. Al respecto, he de significar que aquel Centro Escolar, regido por los Padres Salesianos, surgía como Fundación Benéfico Docente San José, siendo también denominada, en honor al ministro impulsor de la idea, Escuela Salesiana de Formación Profesional José Antonio Girón. Sobre la experiencia de la obra social y de las doctrinas expuestas de forma culterana por Carlos Pinilla Turiño, brazo ilustrado de Girón, se desarrollarían posteriormente las Universidades Laborales, siendo la pionera y que nació bajo el concreto rótulo, la de Gijón,  después vendrían las de Sevilla, Córdoba y Tarragona, y en años sucesivos se implantarían en la geografía española hasta veintiún centros, por los que pasamos varios cientos de miles de alumnos. En el año 1980 se firmaría el acta de defunción de las Universidades Laborales, cuyos edificios y cometidos fueron absorbidos por el Ministerio de Educación y Ciencia.

El que suscribe- que había pasado sin pena ni gloria académica varios cursos en el internado de la Universidad Laboral de Gijón-, se había decidido, en el mes de Agosto del 1998, por pasar sus vacaciones familiares en aquella ciudad asturiana de sus recuerdos escolares y a la que no había regresado desde que perdió- por bajo rendimiento académico- su condición de becario para continuar sus estudios de Formación Profesional, rama metal. Recuerdo, que en mi primera mañana de descanso estival había calima en Gijón y decidí marchar, en mi sesión diaria de footing, desde el chalet alquilado por la zona del Rinconín hasta la Universidad Laboral. Trotando, rebasé en primer lugar, un trozo del Paseo del Muro, después el Parque de Isabel la Católica, el Molinón y porla orilla del Piles llegue al barrio de La Guía desde donde se atisbaba al fondo, inmensa e imperturbable, la torre de la Universidad Laboral. Subí por los campos de deportes, entre la hierba descuidada y crecida, y me reencontré con aquella plaza irreal con balconadas que en la lejana década de los 60 me había traído la percepción de un compendio de elementos arquitectónicos disparatados y enfáticos enclavados en un paisaje asturiano de verde y de vacas.

            Deambulaba sin rumbo entre aquellas entrañables piedras, en un día en el que el Centro estaba sin el trajín de los escolares, mientras objetivaba desconchones y pizarras caídas, y mientras culminaban mis jadeos tras la carrera,  recordé los versos de Rodrigo Caro a la Itálica famosa, y   pensé en que aquel edificio desvencijado- obra del eminente arquitecto Luis Moya Blanco- había tenido mejores épocas desde que la primera promoción de escolares irrumpió en aulas y talleres en el año 1955. También me vino la idea de que era justo y necesario rescatar del olvido la crónica y el ambiente de lo que representó la más ambiciosa ambición educativa del franquismo: LAS UNIVERSIDADES LABORALES.

            Concluidas mis vacaciones y regresado a Madrid, que es el lugar en el que peno y laboro, afronté la investigación sobre la cronología de las Instituciones, y quiero confesar que pocos documentos encontré en las covachuelas de los departamentos ministeriales, de lo que deduje la existencia de una premeditada- en término de George Orwell- vaporización de la historia de las Universidades Laborales, lo que me hizo valorar más cuantos testimonios me suministraron ancianos profesores y viejos compañeros, de cuyo compendio y relato de peripecias derivó mi novela titulada EL DIA EN EL QUE VOLVIMOS A LA UNIVERSIDAD LABORAL, en la que desde un inventado reencuentro masivo con motivo de pretendido aniversario, intenté recrear un retablo contrapuntístico de anécdotas escolares, lenguajes y latencias de intrahistoria de la vida diaria en aquellos internados.

            Después de la publicación vendrían muchas emociones, de las que me satisface resaltar mi contribución en que se hayan celebrado Encuentros entre Antiguos Alumnos de varios Centros, y que el libro haya servido de catalizador para revivir viejos afectos alejados, y que quienes nos perdimos en los recodos de la vida nos hayamos vuelto a reencontrar después de treinta o más años, y nos hemos repetido las putadas de la disciplina de los curas ( jesuitas, salesianos, dominicos, agustinos, que cada Laboral tenía su Orden, menos Tarragona en donde mandaban los de Falange), todo, entre viajes de ida y vuelta con maleta de madera hasta nuestros pueblos por aquello de las vacaciones. Y además se evocan soledades sexuales de muchachos en la edad difícil, que decían, y de los esfuerzos por mantener la beca que nos concedían las Mutualidades Laborales, que al escuchar su mención por los preceptores, se nos antojaban algo así como las Virtudes Teologales o los Dones del Espíritu Santo. El caso es que con sus luces y sus sombras las Instituciones nos hicieron torneros, fresadores o electricistas, capataces agrícolas, expertos en artes gráficas, mecánicos de automóviles, después bachilleres o ingenieros técnicos y hasta cantantes como Perales o Joan Manuel Serrat y además allí muchos pasamos unos años determinantes de nuestras vidas.

            En los trámites de la elaboración del libro y en la composición de aquel mi fresco de vivencias escolares, me reencontré con mi vocación inicial de  contar cosas, y las historias y peripecias de los “laborales” me dieron para llenar las trescientas páginas de EL DIA EN QUE VOLVIMOS A LA UNIVERSIDAD LABORAL, en el que también se acompañan más de ochenta fotografías que reflejan aquellas latencias de intrahistoria que hoy permiten recomponer la memoria colectiva de lo que fueron las Universidades Laborales.